Me llama la atención lo mucho que aparece la palabra amor cuando hablan las pequeñas bodegas. «En nuestro vino hay mucho amor». Hace años, escucharlo me resultaba hasta gracioso. Con honestidad brutal, me parecía cursi. Echaba de menos algo más que aquella palabra, algo que me explicara qué tenía de diferente ese vino.
Seguro que, después de echar un pequeño vistazo a nuestro proyecto, alguno estará pensando: este sommelier nos está tomando el pelo, si ellos utilizan la palabra amor a la mínima oportunidad… Y tendrá razón. Un servidor también se contradice. Por suerte, equivocarnos nos permite dar algún pasito hacia adelante.
A Antoni Gaudí se le atribuye una frase que ahora entiendo de otra manera: «Primero el amor, después la técnica». Antes habría pasado por encima de ella sin detenerme demasiado. Hoy me hace pensar en las personas que he conocido alrededor del vino y en todo lo que ponen de sí mismas en su trabajo.
Sigo admirando la técnica, claro. Pero, cuando te acercas a quienes elaboran un vino, también empiezas a conocer sus preocupaciones, sus dudas y la ilusión con la que esperan cada vendimia. Entonces aquella palabra que me parecía tan fácil de decir empieza a tener algo detrás. Empiezas a entender por qué la utilizan tanto.
Y un servidor, que tanto la había criticado, acabó encontrándosela cuando más la necesitaba. El amor de una familia y de un amigo, Pep, que me enseñó otra manera de vivir el vino.
Recuerdo mi primera vendimia con Pep. Allí, entre las pocas hileras de Xarel·lo Vermell de nuestra pequeña parcela de Molí Vell, aparecieron su madre, su tío, su otro tío… Los miraba llegar con una sonrisa y con ganas de ayudar. Había una familia reunida para sacar adelante con amor, un vino.
Me había pasado años torciendo el gesto cuando alguien decía que en su vino había mucho amor. Ahora puedo afirmar que Vesunai solo existe gracias al amor.





