Durante más de doce años, el vino formó parte de mi vida profesional. Como director comercial de Castell d’Encus y Ferrer Bobet, tuve el privilegio de representar dos proyectos que admiro profundamente, de recorrer nuestro territorio, visitar restaurantes y tiendas, participar en ferias y compartir muchas botellas con clientes, sumilleres, distribuidores y amigos.
Sin embargo, cuando trabajas comercialmente con el vino, es difícil separar del todo la botella de todo aquello que la rodea. Junto al paisaje, la variedad, la añada o la emoción que puede transmitir, también están los objetivos comerciales, los canales de distribución, el posicionamiento en el mercado, las tarifas, las ventas y los resultados. Incluso cuando catas un vino que te gusta, una parte de la cabeza ya está pensando a quién se lo podrías presentar, en qué carta podría encajar o qué argumento ayudaría a explicarlo mejor.
No lo digo como una crítica. Vender vino me ha dado algunos de los mejores momentos de mi trayectoria profesional. Me ha permitido conocer a personas extraordinarias, entender el esfuerzo que hay detrás de cada botella y descubrir que comercializar un vino también es asumir la responsabilidad de representar el trabajo de un equipo y la identidad de un territorio.
Pero, cuando el vino deja de ser tu trabajo, ¿algo cambia?
Ahora elijo las botellas con más libertad. Ya no necesito justificar cada elección ni pensar si un vino responde a una tendencia, si ocupa una determinada franja de precio y lo comparo con los vinos que yo comercializaba o si encaja en un discurso comercial. Puedo escogerlo por curiosidad, porque me atrae una variedad que conozco poco, porque confío en la persona que lo ha elaborado o, simplemente, porque pienso que puede acompañar bien ese momento o esa comida y a las personas con quienes lo compartiré.
También he aprendido a valorar más los vinos que tienen algo que contar. No busco necesariamente la perfección técnica ni la botella más reconocida por los gurús del vino. Me siguen gustando la precisión, la elegancia y la sutileza, naturalmente, pero hoy doy más importancia a la identidad, a la honestidad y a esa pequeña imperfección que a veces convierte un vino en una experiencia memorable. Hay vinos impecables que se olvidan pronto y otros que, sin ser perfectos, te hacen volver a pensar en el lugar, en la añada o en la persona con quien los compartiste.
Como winelover y conductor de catas, sigo disfrutando hablando de vino. Pero intento hacerlo de una manera diferente. Con los años he entendido que compartir conocimiento no debería servir para demostrar todo lo que sabemos, sino para ayudar a los demás a disfrutar más de la materia viva que tienen en la copa. El lenguaje del vino puede ser preciso sin resultar distante o pedante. No hace falta identificar todos los aromas del vino ni dominar un vocabulario especializado para emocionarse ante una copa. A veces basta con preguntarnos si nos gusta, qué nos hace sentir y con quién nos gustaría compartirla.
Probablemente, eso es lo que queda del vino cuando ya no tienes que venderlo: queda la curiosidad, el paisaje del que procede, las personas que lo han elaborado y el placer de descubrir. Queda el ritual de abrir una botella sin otra expectativa que pasar un buen rato. Queda la conversación que surge a su alrededor y el recuerdo que deja cuando la copa ya está vacía.
Y queda, sobre todo, la libertad de volver a él sin prisas ni presiones, sin objetivos y sin tener que convencer a nadie. Solo con las ganas de seguir aprendiendo y de dejar que, de vez en cuando, una botella te sorprenda.
Ahora vendo menos vino que antes. Pero estoy convencido de que vuelvo a escucharlo de otra manera.





